Cuando uno se presenta frente a un libro asume una serie de normas no escritas. Al abrirlo se encontrará con unas guardas, luego una página con información sobre el autor, la editorial, el título, etc. Y ya después empieza la historia. Además, el libro tiene un comienzo y un final. En nuestra cultura, se lee de izquierda a derecha y uno asume que los límites físicos del libro están marcados por el tamaño de las hojas… Al menos es así hasta que uno abre un pop-up.

Estos libros sorprenden en cada página desafiando los límites de lo establecido. Uno puede encontrarse de todo. Figuras enormes que amplían por arriba y por abajo las hojas, intrincadas figuras que abren una nueva dimensión en el libro dándole volumen y profundidad o pestañas que invitan a interactuar con la historia. Esa es la magia de los pop-up. Tener una nueva sorpresa esperando tras cada página.

Estamos acostumbrados a asociar este tipo de libros a la literatura infantil y juvenil, pero su origen es mucho más sobrio y académico. Los primeros libros con este tipo de recursos (no se llamaban pop-up) surgieron en el campo de la astronomía. Utilizando discos móviles apoyaban las explicaciones de las fases lunares y otros fenómenos similares. De esta forma apoyaban de una forma muy gráfica la explicación.

Los primeros desplegables como tal vinieron de la mano de la medicina y se utilizaron para ilustrar como es el cuerpo humano por dentro. Mediante pequeñas solapas, los estudiantes iban abriendo y descubriendo órganos, músculos y huesos. El enorme detalle de las ilustraciones hacía mucho más atractivo y sencillo el aprendizaje.

Fotografía de un libro antiguo desplegable en el que se ve un dibujo de un torso humano abierto.
Catoptrum microcosmicum (Johann Remmelin)

En torno al siglo XVIII se empezó a popularizar este estilo dentro de la literatura infantil y es cuando realmente evolucionó, pero como era de esperar, estos libros tenían un alto costo y estaban pensados únicamente para los niños de las familias ricas.

Las dos guerras mundiales hicieron que el precio de estos libros se desplomara. En esta época era más habitual ver tarjetas desplegables en lugar de volúmenes completos. Es entonces, cuando se prescinde de las solapas y, solo con la apertura de las hojas se consiguen distintos efectos. También en esta época se registra el termino “pop-up”.

A partir de entonces se mejoraron materiales y técnicas y fueron desarrollándose los distintos tipos que podemos encontrar actualmente. Hay algunos ejemplares que, al abrirse en 360 grados forman un carrusel donde se da vida a la historia, otros en cambio, al abrir cada página se forma un pequeño teatro con distintas capas de profundidad. También podemos encontrar los llamados libros tridimensionales que son, probablemente, aquellos que a todos se nos vienen a la cabeza al pensar en pop-ups.

Con el tiempo, no solo se ha evolucionado en las técnicas y los materiales, si no en el propio estilo y concepto del libro. David A. Carter es un autor totalmente transgresor y original dentro de este tipo de libros. Con su “Ruido blanco”, por ejemplo, nos invita a analizar el sonido que hacen sus distintas páginas al abrirse. Las formas geométricas que se despliegan hacen que, cada hoja, produzca un sonido totalmente distinto. Sin embargo, los pop-ups no pierden sus orígenes pedagógicos y encontramos ejemplares que tratan temas como los volcanes o la luna.

Por otro lado, podemos encontrar ejemplares como los de Harry Potter o Stars Wars que son auténticos tesoros de papel con elaboradas figuras llenas de detalles e información. Ambos, además, se pueden abrir por completo para ver todas sus escenas al mismo tiempo. Sin duda, el mejor capricho de todo aficionado a cualquiera de las dos sagas.

Desde luego si algo caracteriza al pop-up es que se trata de un genero en alza y muy sorprendente.

¡Anímate a (re)descubrirlo!

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